El error occidental en Afganistán

por Opinión

Medio Oriente, esa región tan exótica y distante, esa región tan disímil a nuestras costumbres y tradiciones,  esa zona del mundo que ha sido históricamente […]

Medio Oriente, esa región tan exótica y distante, esa región tan disímil a nuestras costumbres y tradiciones,  esa zona del mundo que ha sido históricamente sensible en materia estratégica, económica, política, cultural y religiosa. Conocida como la cuna de la civilización, se ha caracterizado por estar siempre bajo el ámbito de influencia de los más poderosos, desde los grandes imperios en la Edad Antigua hasta las conocidas potencias mundiales de nuestros tiempos.  Pero para poder entender lo que está sucediendo hoy por esos lejanos  territorios no hace falta que nos remontemos tan lejos en la historia.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Medio Oriente ha sido un escenario de contienda ideológica y de influencia política debido a su lugar geográfico estratégico en la región y a su gran reserva de petróleo, de hecho la más grande del mundo.  En este marco contextual, todos los países que conforman esta región han experimentado períodos de relativa paz y períodos de conflicto, de manera aleatoria y desesperanzadoramente sin un aparente final.

Esa fatídica mañana del 2001 cuando dos aviones impactaban contra los emblemáticos edificios de la ciudad de los rascacielos,  y otros ataques se sucedían en el Pentágono en la ciudad de Washington, mientras que el grupo terrorista Al Qaeda, liderado por hasta ese momento un perfecto desconocido Osama Bin Laden, se atribuía lo ocurrido, propiciaría un nuevo tipo de conflicto bélico, ya no se trataría de las históricas guerras entre estados-nación sino que el enemigo sería cualquier amenaza posible de un grupo terrorista, generando así una vertiginosa escalada de los efectos que esto tendría en el mundo entero.

“Nuestra guerra contra el terror comienza con Al Qaeda, pero no finaliza allí. No terminará hasta que cada grupo terrorista de alcance global haya sido encontrado, detenido y derrotado” Fueron las palabras del entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush en un discurso ante el Congreso de ese país.  Poco tiempo después comenzaría el contra ataque a las fuerzas de Al Qaeda y el régimen Talibán que los acogía en Afganistán. Dos décadas han pasado desde este discurso, dos décadas de guerra incesante, y aún no podemos afirmar que sus designios fueron cumplidos.

Desde ese momento se volvieron parte de la estrategia de seguridad de los Estados Unidos los famosos ataques preventivos, justificados en los hechos del 11-S, y que podrían ejecutarse sin la necesidad de una amenaza inminente, ni siquiera sin la certeza de cuándo ni dónde se llevarían a cabo nuevos ataques, la mera sospecha de los servicios de inteligencia serían razón suficiente.

Es en este contexto que se hizo posible la intervención militar directa dentro de Afganistán por las fuerzas armadas estadounidenses y sus aliados el día 7 de Octubre de 2001, tras la negativa del gobierno talibán de entregar al culpable de los ataques perpetrados, Osama Bin Laden. Detengámonos un momento en el régimen Talibán y sus razones para dar asilo al ya mencionado grupo terrorista.

Los talibanes o régimen talibán, siguen una doctrina con una profunda ortodoxia en su interpretación del islamismo, en la que se condena la “anarquía” reinante, el “libertinaje” y la “influencia occidental”.  Comenzó a gestarse en la década del 90 y tras varios años de lucha interna, en 1996 lograron tomar Kabul, ciudad capital de Afganistán. Su llegada al poder consiguió eliminar la inestabilidad constante, los conflictos internos y la corrupción estructural, sin embargo también se impusieron normas extremadamente estrictas basadas en su propia interpretación ortodoxa de la ley islámica.

Podemos por ejemplo mencionar las reiteradas violaciones a los derechos de las mujeres. Totalmente desprovistas de esos derechos fundamentales, sin posibilidad de estudiar o trabajar, fueron obligadas a usar vestimentas que las cubrieran totalmente de pies a cabeza, incluso sin autorización para salir de sus hogares sin la compañía de un miembro masculino de la familia, quedando relegadas a un papel exclusivamente testimonial en el hogar. Sin mencionar los más aberrantes castigos por la “violación” de la ley según la interpretación del régimen talibán. Pero la atención internacional se comenzó a gestar sólo cuando las acusaciones contra dicho régimen por acoger terroristas comenzaron a aflorar.

Justificación suficiente para la invasión militar perpetrada por el gobierno de los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) según el nuevo criterio de las estrategias de seguridad. En apenas 3 meses el poder talibán fue depuesto por estos aliados.

Ahora, si hacemos una revisión rápida del modelo pro occidental impuesto en Afganistán durante 20 años de intervención podremos ver que no sirvió para consolidar una democracia en ese país, que fomentó la constante presencia de las fuerzas extranjeras en la zona, y que la inestabilidad política e institucional dificultaron el sometimiento de los grupos terroristas que dieron una permanente batalla contra las fuerzas militares presentes. Lo que ha derivado en una de las guerras más largas en la historia de Los Estados Unidos, desgastante y sin un resultado claro.  

Y lo que resulta aún mucho más alarmante es que la llegada, nuevamente, de los Talibanes al mando del gobierno en Afganistán propiciada por la retirada de las tropas armadas ha desencadenado una ola de terror.  El éxodo de familias enteras en busca de libertad, embajadas que se deshabitan estrepitosamente, cientos de víctimas civiles, madres desesperadas entregando a sus hijos a las fuerzas armadas que se retiran, derechos que se ven quebrantados, en fin, la instauración de un régimen autoritario, patriarcal y violento.

Ahora cabe preguntamos, de qué sirvieron los  20 años de intervención occidental. Queda claro que la acción militar no resolvió el conflicto en Afganistán. Es cierto que una salida paulatina de la región venía gestándose desde el gobierno de Barack Obama, sumado al descontento social general que esta interminable guerra provocaba en los ciudadanos estadounidenses, hicieron que el primer mandatario Joe Biden respondiera retirando sus tropas para el 20º aniversario de los atentados terroristas.

Lo cierto es que el acuerdo entre ambas facciones para terminar con la intervención de las fuerzas extranjeras y la vuelta al islamismo más ortodoxo en manos de un grupo considerado terrorista por occidente podría desencadenar una gran crisis humanitaria, dejando a casi 40 millones de personas (según datos de la ONU) que deberán buscar por sus propios medios la seguridad y una mejor forma de vida, tal vez incluso escapando de su tierra. Aunque la retirada podría interpretarse como el fin de la guerra contra el terrorismo, los hechos demuestran que la realidad dista de ser aquella.