María Antonieta, última reina de Francia: Lujos y excesos

por Redacción

María Antonieta, reina consorte de Francia desde 1774, fue odiada por un pueblo que moría de hambre, y condenada a la guillotina en uno de los puntos más álgidos de la Revolución Francesa.

Fue acusada de conspirar contra Francia en pro de los intereses de Austria, su país natal. Se le reprochó el gasto en fiestas, lujos y confort, que habrían llevado a una debacle en las finanzas galas. Se le culpó de influenciar fuertemente en el rey Luis XVI, su marido, y de haber mantenido una relación incestuosa con su hijo, el delfín Luis Carlos. 

Tenía 15 años cuando renunció a sus derechos sobre el trono de Austria y cuando además se casó con Luis XVI, que en ese momento llevaba el título de delfín de Versalles. Las opiniones sobre la llegada de “la austriaca” al palacio francés fueron divididas, motivadas en parte por la gran belleza, inteligencia y jovialidad que tenía, que se contraponían, además, a la tímida personalidad de su esposo.

A los pocos años de haber asumido como reina, los disgustos sobre su rol fueron creciendo, y la hicieron merecedora de apodos como “pequeña reina de veinte años” o “sanguijuela de los franceses”.

Retrato de María Antonieta. Atribuido a Martin van Meytens. Palacio de Schönbrunn.

La última reina de la Francia del Antiguo Régimen fue para su pueblo una mujer ególatra y superficial. No siempre había sido así. María Antonieta creció en un ambiente en el que la defensa de la fe, la implantación de la justicia y el fomento de la cultura eran prioritarios. Dada su juventud, no es de extrañar que, a su llegada a Versalles, se sintiera fascinada por la espiral de entretenimiento que reinaba en los salones del palacio. A ello, posiblemente, contribuyó la escasa conexión emocional con su esposo, un joven que desde el principio se mostró tímido y retraído.

En tales circunstancias, María Antonieta optó por llenar sus días de juegos, aficiones a la moda y excesos que compartía con sus damas, amigos y cuñados, especialmente con el joven conde de Artois, tan mundano y superficial como ella, que cada día le preparaba mascaradas, conciertos, bailes o distracciones que, invariablemente, tenían lugar en el Petit Trianon, el cenáculo privado de la reina. La espiral de trivialidad acabó por engullirla.

Un vestidor bien surtido

En su vestidor se recibían a la semana dieciocho pares de guantes perfumados con violetas y cuatro pares de zapatos, mientras que para cada temporada encargaba a madame Rose Bertin la confección de doce vestidos de corte destinados a las grandes ocasiones, otros doce de mañana y una docena más adecuados a las veladas de tarde o las cenas íntimas.

La reina y su modista, Rose Bertin, como las influencers actuales, marcaron la moda cortesana. Tras cada aparición pública de María Antonieta, las damas de la corte, con mayor o menor disimulo, se aprestaban a copiar el estilo de la reina, porque, como bien dice su biógrafa Hélène Delalex, “la reina no seguía la moda, ‘era’ la moda”.

Vestimenta sofisticada.

La dictadura estilística del tándem formado por la soberana y su modista fue indiscutible. Rose Bertin creó unas muñecas ataviadas con modelos de su creación que, bien se coleccionaban, bien servían para enviarlas a otras cortes europeas, donde, a modo de figurines, permitían a las damas estar al corriente de la moda francesa y vestir prendas similares. Eso sí, siempre debían enviarse al menos unas semanas después de que la reina hubiera lucido el modelo original, puesto que solo ella podía estrenar las creaciones de madame Bertin.

Una afición, la de las joyas, que la hizo presa fácil de quienes pretendían lograr su favor. Ese podía haber sido el caso del cardenal de Rohan, protagonista involuntario del “caso del collar”. La trama, orquestada por una aventurera llamada Jeanne Valois de la Motte, pretendió involucrar a la reina en la compra de un carísimo collar de brillantes por el que nunca se había interesado y que, por otra parte, jamás llegó a su poder. De todas formas, su fama la perseguía y Francia se hacía eco de las noticias sin siquiera tener para comer.

Revolución y destitución.

A ojos del pueblo, la cabeza visible del despilfarro cortesano era la soberana, de ahí que acabara por ser calificada de “Madame Déficit”. Los panfletos que en 1789 forraban las fachadas parisinas no dudaban en presentarla como una gallina presumida y estúpida, “la poule autrichienne” (la gallina austríaca), al tiempo que la responsabilizaban de la bancarrota del erario público y de la miseria que reinaba más allá de Versalles.

Años después, cuando la revolución ya se había suscitado y cuando los reclamos en contra de la monarquía eran cada vez más fuertes, la familia real decide escapar. Inmersos en el bosque y confiados en su rescate, la familia -vestidos de plebeyos para no ser descubiertos- emprendió el viaje sin tener respuesta de quienes llegarían a socorrerlos, por lo que debieron volver a París.

Un año después de la fuga, en 1792, la reina fue acusada de traicionar a Francia. La monarquía había caído y n los días siguientes, ambos reyes fueron interrogados acusados de traición.

El primero en ser ejecutado fue Luis XVI, pero casi nueve meses después, el 16 de octubre de 1793, María Antonieta, caminaba con las manos atadas a la espalda, abucheada por el pueblo que repletaba las calles de París, a los 37 años de edad cayó su cabeza. El verdugo la tomó y mostró a quienes hasta ahí habían llegado. En la que hoy es la Plaza de la Concordia, se reunió el pueblo a celebrar y alabar lo que habían conseguido: La monarquía y la encarnación del mal que representaba María Antonieta ya no estaba más. Para la revolución solo quedaba señalar “¡Viva la República!”.

El cuerpo de María Antonieta fue enterrado en el cementerio de la Madeleine, pero años después fue trasladado a la catedral de Saint-Denis junto al de su marido.

Últimos minutos de vida de María Antonieta, antes de ser decapitada ante mas de 10 mil parisinos.

Por Crauchuk, Marlene.